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Os voy a ir ofreciendo extractos de los capítulos de la novela (todos ellos llevan el título de un tema de jazz) y al final podéis oirlo pinchando en en el enlace de Youtube que os ofrezco. Espero os guste la idea

-I-

“Easy does it”

(Oliver-Young)

La memoria debe estar hecha de un material viscoso y selectivo, una especie de océano de recuerdos, y cuando intentas bucear en él, la mayor parte de éstos parecen haberse esfumado dejando enormes burbujas de nada donde se pierden para siempre días, meses y hasta años enteros de tu vida; otras veces, hay suerte y logras atrapar algunos que parecen acabar de suceder permitiéndote reconstruir tu historia con ellos. Sin duda alguna los recuerdos de mi llegada a Nueva York en los principios del mes de Septiembre del año mil novecientos setenta y ocho pertenecen a esta categoría.

Llegué a la ciudad una calurosa tarde de finales de Agosto de ese año procedente de Londres donde había pasado unos días antes de dar mi primer salto del Atlántico para incorporarme a la burocracia de Naciones Unidas con un puesto en el Gabinete de Publicaciones en Español de la Fao obtenido después de pasar con éxito varios exámenes realizados en Madrid y Ginebra y para los que mi licenciatura en Derecho y Filología inglesa y mi dominio, por tanto, del inglés fueron decisivos. En Londres me había alojado en casa de Elisa, que ya consideraba como mía, y aproveché esos días para ponerme al día en la actualidad cinematográfica. Llevaba más de un año sin ir al cine y casi sin salir a la calle , volcado como había estado en la preparación de la oposición. Tenía derecho a divertirme un poco.

Un viaje de seis horas en la clase turista de la Twa –la más barata que había encontrado- destroza a cualquiera. Afortunadamente para mí, uno de los auxiliares de vuelo me tomó bajo su protección y durante toda la duración todo el vuelo no cesó de pasarse por mi asiento ofreciéndome bebidas y snacks extras con el claro propósito de propiciar un acercamiento personal. Le seguí el juego y crucé con él algunas frases amables con el fin de mantener sus expectativas y porque estaba encantado de mi inesperada conquista. Al abandonar el avión, el auxiliar, situado en la puerta de salida, con una sonrisa de complicidad y en nombre de la compañía, me introdujo una chocolatina y me deseó una feliz estancia en la ciudad. Le dí las gracias y descendí por la escalerilla hacia el bus que esperaba al pie del aparato. Antes de entrar alcé mi brazo en un último saludo convencido de que me estaba observando.

 

Os ofrezco una sinopsis de mi novela Las Colinas de Brooklyn que acaba de aparecer editada por Egales Editorial en su colección Narrativa. espero seáis uno de sus lectores.

1979. Pablo Soler, 29 años, llega a Nueva York, capital del mundo, para trabajar en Naciones Unidas. Su historia es la de una fuga, sin responder a un plan prefijado, y no tiene un objetivo final. Huye, simplemente, esperando (¿sabiendo?) que un cambio de escenario, ingresar en un mundo completamente distinto, sea el motor que le falta para vivir plenamente. En su huida hacia adelante, dejará atrás a su familia, una España de recién adquirida democracia y la figura represora de un padre afecto al régimen franquista.

 

Sus primeros días en la ciudad caminan al dictado del azar, y éste no tardará en dejarle en los brazos de las dos personas más importantes de su vida: Sean Higgins, su futuro gran amor, y Daniel Herst, el enigmático abuelo Herst. Como si acabara de nacer, en su vida comienza a salir el sol y Nueva York, un personaje más, le abrirá sus puertas de par en par.

 

A partir de ese momento decenas de personajes se cruzarán en su particular recorrido vital. De la mano de Sean Higgins entrará en el mundo de la televisión, donde trabajará como guionista, para pasar después a la gran pantalla y Hollywood. Se hará traductor, descubrirá su verdadera vocación de novelista, trabajará para una importante revista contracultural. Y, sobre todo, conocerá a su gran amiga Tracy Hewitt, la luz que nunca se apaga; a la deliciosa Arline Mason, antigua estrella de cine y hoy de la televisión; a los dinosaurios de la Hispanic Sociaty; a Gigy La Rue, diosa de ébano del Studio 54, y otros muchos que irán abriéndose como las varillas de un abanico hasta mostrar el mosaico completo de los años ochenta. Ya comienzan a ser visibles las primeras consecuencias de la etapa Reagan, los estragos del Sida, y ese exultante optimismo y joie de vivre comienza a revelar sus claroscuros.

 

Pablo irá asimilando todos estos cambios que han ido produciéndose en su vida, expandiéndose e ilusionándose prudentemente, dejándose llevar y, muchas veces, dejándose arrastrar. Aunque haya algo que quizá nunca cambie en él, su carácter de raigambre profundamente española: la falta de determinación, de confianza en sí mismo, la represión de sus emociones más íntimas, el sentimiento de culpa, una pulsión orgullosa, autodestructiva, que le hace plantearse si su dicha tiene fecha de caducidad, si merece alargar la mano y coger lo que le dan o aquello que desea.

 

Asumir enteramente su homosexualidad, haciendo partícipes a todos aquellos que le rodean, no es un problema teniendo al lado a Sean, para quien la vida parece infinitamente más sencilla, como si para que sea así sólo bastase con haber nacido en Manhattan. Su historia de amor es el relato de un amor pleno y apasionado, no exento en su futuro venidero  de encuentros y desencuentros. Son dos almas que se reconocen y que son empujadas la una hacia la otra por las artes del misterioso abuelo de Sean, Daniel Herst, un emigrante español, que en su juventud huyo también de un país sin futuro.

 

El abuelo Herst conectará a Pablo con otro capítulo de la historia de España, y a Sean con la América de principios de siglo. La influencia que éste tendrá en Pablo le servirá para crecerse en las adversidades, en las bajadas a sus infiernos particulares. Y hacia el final de novela, cuando el abuelo cuente su verdadera historia, verá que el paralelismo que tiene con su propia vida es el espejo que le ofrece la fortuna parar mirarse bajo la luz de otros tiempos, pero con los mismos problemas y vicisitudes.

¿Qué es la Arqueo Red?

A las ocho y media de la mañana de hoy (25 de noviembre de 2009), en muchas páginas de Internet apareció un pequeño recuadro:


Nadie sabía que significaba ni quiénes eran sus autores.

Pocas horas después, la imagen se convirtió en un enlace: pinchando en ella podías acceder a otra página.

Este es el enlace a esa página:

http://www.antologosdelaarqueored.com/

Es una página bastante extraña, que parece la pantalla de un antiguo ordemador y, al mismo tiempo tiene algo de futurista:

?ui=2&view=att&th=1252b2937d4a1ac9&attid=0.1&disp=attd&realattid=ii_1252b2937d4a1ac9&zw
Si, una vez allí, tecleas HELP, te aparecerá una lista de COMANDOS que puedes escribir de nuevo (o incluso pinchar con el ratón), de manera que aparece más información, e incluso un enigma con una pregunta verdaderamente extraña:
Marshall McLuhan dijo que los medios son extensiones del ser humano. Pero ¿cuándo escribió este texto?:

“El hombre ya posee muchos miembros extracorporales ( …) Lleva su memoria en un cuaderno de bolsillo”

  • En 1872
  • En 1972
  • En 2072

La respuesta parece obvia, pero tal vez no lo sea.

Además, al parecer hay comandos ocultos en esa página, pero…

Pornografía del cascote

Una de las entradas del diccionario de la lengua de la Real Academia Española define a la pornografía como: “carácter obsceno de obras literarias o artísticas”.

 

Después de asistir a las soporíferas dos horas y media de proyección del último megahit del señor Emmerich, don Rolando, titulado 2012, no me queda la menor duda de que si  este realizador, empeñado en hacer desaparecer al planeta Tierra en todas las formas de  catástrofe posible, pasa a la posteridad, lo hará bajo el sobrenombre de pornógrafo del cascote, tanta es su obscena afición a cargarse el planeta a base de  ataques alienígenas, cambios climáticos, monos prehistóricos  o profecías mayas ─como en la entrega que nos ocupa─.

Creador de desastres mil, este estilista de apocalipsis fílmicos se embarca en una nueva aventura del fin del mundo tomando  al pie de la letra la célebre frase de otro gran pornógrafo ─éste de los auténticos─ que era don Alfredo Hitchcock cuando explicaba (cito de memoria) “que una  película debía empezar con un terremoto  e ir a más”. Si a eso vamos, 2012 lo cumple a rajatabla: el baile empieza en Los Ángeles, continúa en la India y se extiende a todo el mundo. Uno asiste entre perplejo y maravillado a esta destrucción masiva durante la primera hora de metraje, con la boca abierta gracias a unos efectos técnicos realmente apabullantes; los otros 90 minutos, harto de ver lo mismo, la boca continúa abierta, aunque no de admiración sino de tedio profundo y absoluto, y es entonces cuando uno cae en la cuenta de que está viendo un deslavazado refrito de Independence Day, Poseidon, Deep impact, etc., etc., con ligeras variantes de guión, es decir: una copia de una copia de una copia de la nadería más absoluta. No hay guión, no se necesita, solo millones de muertos entre los escombros  y algunos personajes que, ¡oh casualidad!, son los mismos de I+D, a saber: un padre con familia divorciado con hijita, un presidente (de los USA, claro), un científico incomprendido, un marido medio lelo para la ex mujer, dos docenas de secundarios corriendo de un lado para otro, otros tantos para decir patochadas y hacer reír, y un loco que se las sabe todas. Y mucho ¡Bum! ¡Bam! ¡Crash! para animar la fiesta. Con esos mimbres, los actores hacen lo que pueden (más bien  poco, seamos honestos) para salvar la función: ponen su cara algunos famosos en horas bajas ya que el presupuesto se lo traga la parte técnica y no queda dinero para pagar grandes estrellas.

Sí, sí, ya sé que es cine palomitero y de consumo, y que no intenta dar más de  lo que promete: mucho ruido y pocas nueces; pero aún así uno no puede por más que sentirse estafado ante la desfachatez del señor Emmerich en particular, y de Hollywood en general, empreñados en ofrecernos una y otra vez  la misma película con distintos trajes.

Dejo para el final el final más risible (el público que asistía a mi pase lo hizo: se rió de lo lindo) que se ha visto en el cine desde hace años. Pregunto, señores guionistas: si África se salva de la destrucción  por haber subido muchos metros sobre el  nivel mar, ¿por qué a nadie del continente se le ocurre avisar  al resto de los supervivientes del mundo   de que allí podían estar a salvo?

¡Ah, claro, perdonen! Con tanto cataclismo, los móviles no funcionaban. ¡Estáis avisados!

 

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